Clavícula: una lectura honesta (hasta los huesos)

Marta Sanz salta al fondo del malestar humano, a ese lugar obscuro del que no nos gusta hablar y desmenuza lo agotador que es vivir intentando ser alguien.

Words by...

«Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.» 

Así comienza Marta Sanz su libro Clavícula, un libro agridulce que nos hace reflexionar acerca de la existencia misma.

Marta Sanz, la escritora española ya consolidada, lo hace de nuevo: trae un libro que nos llega, nos duele y nos permea la piel. No es su libro más reciente, pero sí uno del que vale la pena hablar.

Entra Marta al salón de clases de la Escuela de Escritores de Madrid, donde la conocí, como alguien que no quiere ser notado. Entra con su pequeño maletín negro y un vestido beige con puntos blancos. Se esconde detrás de su pelo y de sus lentes. Mira al suelo, y su cuerpo se encorva sobre el escritorio. Ha llegado a tiempo, pero aún así no quiere que la notemos.

Cuando todos estamos en silencio saca un pequeño cuaderno de entre sus cosas, pienso que debe tener la letra minúscula para que sus enormes ideas quepan ahí. Sube la mirada y sonríe, se le levantan las comisuras y se le arrugan los ojos, Marta comienza a hablar con casi la misma elocuencia con la que escribe, no repara en hacer bromas y mucho menos la toma por sorpresa el hablar en público. Es graciosa y delicada, aunque parece no querer serlo. Su constitución parece frágil, pero Marta se eleva por encima de ello y habla de la cultura de su país, de teoría literaria, nos hace participar y deconstruye con amor lo que decimos, se sabe de memoria fragmentos enteros de sus libros favoritos. Nos habla de Patricia Highsmith,  de Stephen Zweig y de la decadencia de las actrices españolas de los setentas.

Es sonriente y alegre, sarcástica, inoportuna. Se ríe de sus bromas y también se ríe del status quo. Se ríe de la futilidad de nuestra existencia, se ríe de ella misma, se ríe de nosotros, se ríe del mundo.  

A veces la veo pasar con su paraguas negro por una pequeña calle de Malasaña, pero no la saludo, prefiero observarla, es pequeña y delgada, y su caminar es firme y sereno. No le molesta la lluvia, y puedo casi jurar que la va tejiendo a su gusto, para que esa lluvia, ese paseo se convierta en palabras perfectamente acomodadas. Y que esas palabras se vuelvan su siguiente «pócima», una que nos estremezca, quizá más que la anterior.

Pero lo que sea que esté elucubrando en esa cabeza que empieza a canear, sé que será crudo y precioso e incontrolable. 

Incontrolable como el dolor

A Marta le duele la costilla izquierda, le duele la clavícula, le duele algo más allá de lo que le duele, y al leerla, me di cuenta de que a mí también me duele algo más allá de lo que puedo denominar dolor.

«Las enfermedades imaginarias nos postran de una manera ensimismada que destruye a los otros. Con desconsideración nos olvidamos del mundo y sus urgencias.» Marta construye un universo dentro de otro con una naturalidad que asombra. Se trata de un universo en el que hay una dolencia (real o imaginaria, no nos importa), que va más allá de las palabras, pero que puede nombrarse: «Mi dolor es: nudo, corbata, pajarita, calambre, ausencia, hueco invertido, cucharada de aire, vacío de hacer al vacío, blanco metafísico, succión, opresión, mordisco de roedor (…)». Con una prosa poética, ella expresa lo que  duele, una molestia milenaria que estoy segura se nos cuela a todos. Marta intenta hacer un esbozo trascendental de lo que es la vida, la madurez, envejecer sin realmente haber crecido, el deber ser en oposición al ser, el goce que pensamos que no tiene límites, pero que de pronto, así como de golpe se nos atraviesa el horizonte.

Los humanos necesitamos un propósito, que aunque lo tengamos o  lo parezca,  hacemos lo que nos gusta, y procuramos que nuestras necesidades básicas estén cubiertas; es ahí en donde nos ataca la duda «¿qué hago en el mundo?» Y esa duda, que nadie puede contestar con gran certeza (salvo algún místico o iluminado) es la que de verdad nos duele y duele más allá del propio dolor.

«A lo mejor es que nos hemos convertido en víctimas pero, de momento, no queremos entrar en guerra con esos compañeros de viaje que, si pudieran, nos sacarían los ojos con una cucharilla de café. Estamos exhaustas. Qué hijas de puta somos las enfermas imaginarias.» Marta habla de mujeres a las que les duele sin dolerles. Pero al final de cuentas el dolor siempre pasa por la mente, sea físico o no. 

Los receptores que tenemos bajo la piel, envían una señal al cerebro; y este  la traduce en forma de dolor. Entonces, ¿qué hace un dolor más real que otro? Pienso que el sufrimiento psíquico (que quizá pueda somatizarse al cuerpo) es igual de importante o relevante que un dolor corporal. No sólo nos morimos de cáncer: nos morimos de tristeza, de desamor, de depresión, de hartazgo. 

En el «tratado» de Marta, se habla de aquello que nos mata, no ahora, no en unos meses, pero sí a largo plazo. Nos vamos a morir de aquello que nos duele, de algo que parece no tener origen ni raíz. Y es cuando me pregunto: ¿acaso todos los dolores tienen raíz?, o es más bien que la raíz es la causante del dolor ¿Un dolor se cuela a nuestra existencia?, o ¿es la existencia la que nos duele?

Clavícula nos habla de una sociedad en decadencia en la que somos piezas con las que se juega. La desconexión nos mata. La indiferencia nos mata. El vivir día con día en un estado de ansiedad porque no sabemos cómo vamos a pagar las cuentas. No sabemos si vamos a tener un trabajo mañana que nos dé de comer. Esa clavícula herida, esa costilla doliente, esa «cabeza de alfiler»  es como diría Freud «el malestar de la cultura».

Marta Sanz realiza un trabajo sublime con este libro tan personal y a la vez tan universal, que estoy segura interpela al alma de todo el que lo lee.

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