¿Peso o talla? Body positive

El miedo de no cumplir con los estándares de belleza impuestos por la sociedad y que nos han ido pasando de generación en generación.

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Toda la vida me sentí muy agradecida con mi genética pues hasta que cumplí 25, podía comer lo que quisiera, desayunar incluso unas donas espolvoreadas y tener el abdomen completamente plano sin hacer un gramo de ejercicio.

Sin embargo, llegar a los 26 representó un gran reto para mí… Mi excelente genética decidió que ya era momento de que probara las dulces mieles de la realidad. Comencé a ganar peso de manera inmediata. Mi cuerpo empezó a pasarme factura sobre desayunar chilaquiles, comer una torta y cenar tacos. Para cuando llegué a los 27, había ganado 10 kilos y mi amor por las selfies se había esfumado. Si salía de fiesta y mis amigos intentaban tomar fotos, yo me escondía y si no lograba evadir la cámara, me ponía hasta el fondo para que los cachetes se me vieran poco menos y mis amigos taparan mi cuerpo. No era yo, no me reconocía y no me gustaba.

Mis hábitos no cambiaron hasta que mi papá no me dijo: Una mujer no puede ser gorda, porque se ve abandonada. ¡HABÍA PERMITIDO QUE SU MENTALIDAD ME ENVENENARA Y ME HICIERA SENTIR CULPA POR MI REPENTINA SUBIDA DE PESO!

Automáticamente corrí a un nutriólogo y decidí poner mi vida en orden. Lo que nadie me dijo de bajar de peso fue que la bajada implicaba una piel aguada, estrías y celulitis. Mi confianza seguía sin ser la misma, me veía como una mujer “dañada” que se había dejado llevar por atracones y no como una mujer guapa e inteligente, o eso pensaba yo.

Pasé por un proceso de mucha oscuridad donde mi cuerpo era un complejo frecuente, que se reforzaba por la incomodidad de los cuerpos perfectos que mostraban las influencers que seguía. Mi mayor miedo era tener rebote y pasé un par de veces por ahí.

Sin embargo, cuando comenzó la pandemia, descubrí una nueva corriente de influencers como @thebirdspapaya, @DanaeMercer o @JessChamilton, mujeres reales que habían tenido problemas con su peso, tenían el mismo complejo y se mostraban con las cicatrices que les había dejado la vida: todas habíamos pasado por un proceso de subir y bajar de peso, crecer y tener esas cicatrices.

No voy a negar que después de encontrarlas sentí una paz inmediata y mis complejos se desvanecieron por completo, me hicieron sentir como alguien normal y aprendí a querer mi cuerpo.

Hoy a mis recién cumplidos 30 años, por fin entiendo que no existe receta mágica para ser delgada y que ser delgada tampoco es parte de una agenda que debamos seguir por ser mujeres. Mi cambio de mindset fue tan obvio que dejé de ejercitarme e intentar comer sano por ser flaca como parte de mi checklist, sino decidí enfocar mis esfuerzos de mantenerme sana — cosa que es completamente diferente a querer encajar con un estereotipo —. 

Comencé a ver más allá… Nadie debería privarse de comer lo que le gusta o vivir de una hoja de lechuga para cumplir con lo que el mundo espera de nosotrxs. No voy a negar que sentirme delgada se siente bien, pero nada se compara con comerte una rebanada de tu pastel favorito o desayunar chilaquiles una vez a la semana.

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